A LITTLE SUGAR IN MY BOWL: YA NO ESTOY PARA CUALQUIER COSA
Hay días en los que una no necesita una revelación espiritual, un retiro de silencio ni una larga conversación sobre el amor propio. A veces basta con poner a Nina Simone, subir un poquito el volumen y recordar quién demonios es una.
Últimamente, cuando suena I Want a Little Sugar in My Bowl, algo cambia. Hay una sensualidad en esa voz, una seguridad que no pide permiso y una manera de interpretar la vida que me hace pensar que quizá he pasado demasiado tiempo tomándome algunas cosas demasiado en serio.
Y francamente, ya estoy cansada.
Cansada de las historias a medio escribir, de las promesas con fecha de caducidad, de los hombres que confunden su falta de ambición con una personalidad interesante y de esa costumbre absurda de encontrarle potencial a quien apenas consigue mantener una conversación decente.
No, querido. A estas alturas, el potencial no me impresiona. Me interesan los hechos, la inteligencia, el sentido del humor, la educación y esa elegancia que no se compra con una tarjeta de crédito.
Quiero otra vida. Y cuando digo otra vida, no hablo de cambiarme el nombre, mudarme a París y fingir que nunca he tenido problemas. Hablo de cambiar mis elecciones. De cuidar mis gustos, mis pensamientos, mi tiempo y mi compañía. De estudiar, crecer, conocer lugares, sentarme en restaurantes bonitos, vestirme como me gusta y dejar de negociar con aquello que no está a la altura de lo que deseo.
Quiero volverme una mujer difícil de distraer, no porque sea inaccesible, sino porque tengo demasiadas cosas interesantes que hacer.
Y sí, también quiero sentirme guapa. Ponerme perfume aunque vaya a comprar pan, llevar los labios bonitos un martes cualquiera y caminar con esa seguridad de quien no está esperando la aprobación de nadie. Hay placeres que no necesitan justificación.
Porque una cosa es ser romántica y otra muy distinta es tener vocación de beneficencia sentimental. Ya hice suficientes donaciones de paciencia, comprensión y oportunidades. Mi próxima inversión será en mí.
No he perdido el gusto por el amor, ni por el coqueteo, ni por esa deliciosa electricidad que aparece cuando alguien realmente interesante entra en escena. Al contrario. Sigo creyendo en el deseo, en la química y en las conversaciones que hacen que una pierda la noción del tiempo. Simplemente he decidido que no cualquier compañía merece un lugar en mi mesa.
Esta nueva etapa no necesita discursos solemnes. Necesita buenos libros, mejores decisiones, música extraordinaria, proyectos propios y una mujer que vuelva a reconocerse en el espejo.
Así que esta noche suena Nina Simone. Me sirvo algo rico, me miro al espejo y sonrío.
No estoy buscando convertirme en la mujer de los sueños de nadie.
Estoy bastante ocupada convirtiéndome en la mujer que me da la gana.
Y, francamente, qué mujer.
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