“Y si después de todo, aun era él”.
Últimamente tengo una fantasía bastante recurrente.
Irme.
No necesariamente hacer una maleta y desaparecer mañana. Hablo de irme emocionalmente de todo aquello que ya me cansó.
Dejar de intentar entender relaciones que necesitan demasiadas explicaciones.
Dejar de preguntarme qué somos, qué sentimos, qué pasará después.
Dejar de conformarme con estar cerca de alguien y, aun así, sentir que algo falta.
Leo sigue formando parte de mi vida.
Vivimos juntos. Compartimos cosas. Compartimos intimidad. Compartimos una hija.
Pero él siempre ha sido bastante claro en algo: no somos pareja.
Y quizá durante mucho tiempo esa frase me dolió más de lo que quería reconocer.
Ahora me produce otra cosa.
Cansancio.
Porque llega un momento en el que una mujer deja de querer convencer a alguien de que la elija.
Y comienza a preguntarse algo mucho más interesante:
¿a quién quiero elegir yo?
Durante algunas semanas pensé que la respuesta estaba adelante.
En alguien nuevo.
Un hombre guapo.
Muy guapo, si vamos a ser sinceras.
Alguien que aparezca y me devuelva esas sensaciones que una cree haber olvidado.
Quiero una primera cita.
Quiero arreglarme durante demasiado tiempo y fingir después que no me esforcé.
Quiero volver a sentir el pequeño vértigo de un mensaje inesperado.
Quiero cruzar una mirada con alguien y preguntarme si también me está mirando.
Quiero coquetear.
Quiero besar a alguien y sentir que mi vida sentimental todavía tiene capítulos que no conozco.
Durante un momento pensé que eso era exactamente lo que quería.
Escapar de lo conocido y enamorarme de alguien completamente nuevo.
Hasta que apareció Mrs. Jay.
O mejor dicho…
hasta que me di cuenta de que nunca se había ido del todo.
Porque existe algo extraño con determinadas personas.
Puedes seguir viviendo.
Puedes conocer gente.
Puedes tener otras historias.
Puedes convencerte racionalmente de que determinada etapa terminó.
Y luego suena una canción.
Una de tus canciones favoritas.
Y todo tu cuerpo recuerda.
Eso me pasa con Mrs. Jay.
Hay canciones que he amado durante años y, cuando las escucho con verdadera atención, me doy cuenta de que casi todas terminan llevándome a él.
No porque quiera vivir atrapada en el pasado.
Sino porque algunas emociones parecen haber conservado su dirección.
Y la mía todavía sabe cómo encontrarlo.
Mi cuerpo lo recuerda.
Mi memoria lo recuerda.
Existe una parte de mí que recuerda cómo se sentía quererlo sin analizar cada palabra, sin preguntarme constantemente qué significaba cada gesto.
Y últimamente extraño muchísimo esa sensación.
La seguridad de amar a alguien.
La tranquilidad de sentir que puedes dejar de defenderte por un momento.
La idea de mirar a una persona y pensar:
aquí puedo quedarme.
Y entonces me descubrí pensando algo que probablemente hace algún tiempo me habría negado a admitir.
Quiero volver con Mrs. Jay.
O, por lo menos, quiero descubrir si todavía existe algo entre nosotros que merezca una segunda oportunidad.
Porque tampoco quiero volver al mismo lugar.
Eso sería absurdo.
No quiero regresar a una fotografía antigua.
Quiero encontrarme con él siendo quienes somos ahora.
Quiero conocer al hombre en el que se convirtió.
Y quiero que él conozca a la mujer en la que me convertí yo.
He cambiado.
He amado.
He cometido errores.
He permitido cosas que ahora probablemente no permitiría.
He llorado.
He aprendido.
He tenido experiencias que me hicieron muchísimo más consciente de lo que quiero y, especialmente, de lo que ya no quiero.
Y después de todo eso…
cuando pienso en envejecer con alguien, muchas veces aparece él.
Mrs. Jay.
No estoy hablando solamente de romance.
Hablar de envejecer con alguien es bastante menos glamoroso.
Estoy hablando de domingos aburridos.
De canas.
De enfermedades.
De cumpleaños.
De discutir porque alguien dejó una toalla donde no debía.
De viajar.
De tener fotografías horribles juntos.
De conocer todas las versiones de una persona y seguir queriendo sentarte a su lado.
Quiero mirar algún día a un hombre cuando ya seamos viejos y pensar:
qué increíble que haya sido contigo.
Y, por alguna razón, cuando imagino esa escena, muchas veces veo a Mrs. Jay.
Puede ser nostalgia.
Puede ser amor.
Puede ser la mezcla peligrosa de ambas.
Todavía no lo sé.
Pero hay otra parte de esta fantasía que me hace reír.
La parte menos espiritual.
La parte un poquito vengativa.
Porque después de todos los hombres equivocados, de todas las decepciones, de todas esas veces en las que probablemente alguien creyó que tenía demasiado poder sobre mis sentimientos…
sería casi poético terminar casándome con el amor de mi vida.
Imaginen la escena.
Yo feliz.
Mrs. Jay a mi lado.
Un anillo precioso.
Una boda.
Años juntos.
Y todas aquellas personas que alguna vez pensaron que podían convertirse en el gran acontecimiento de mi historia descubriendo algo bastante divertido:
solo fueron capítulos.
No voy a mentir.
Una parte de mí disfrutaría muchísimo aquello.
Sería una especie de venganza silenciosa.
No llamar.
No reclamar.
No demostrar nada.
Simplemente vivir tan bien que todo lo demás dejara de importar.
Porque quizá la mejor manera de vengarse de todos los hombres que te hicieron perder tiempo no sea hacerles daño.
Quizá sea que un día te vean completamente feliz.
Pero también sé algo.
No quiero volver con Mrs. Jay para que otros miren.
Eso sería darle demasiado protagonismo a personas que ya no deberían tenerlo.
Si alguna vez vuelvo con él, quiero que sea porque incluso cuando no exista público…
cuando nadie esté mirando…
cuando no haya fotografías…
cuando no haya nadie a quien demostrarle absolutamente nada…
yo todavía quiera estar con él.
Porque al final todo se reduce a eso.
No quiero un amor para exhibir.
Quiero un amor donde pueda descansar.
Quiero sentirme segura.
Quiero amar sin estar constantemente preparándome para el golpe siguiente.
Quiero volver a sentir que el amor puede ser una casa y no una guerra.
Y quizá por eso sigo pensando en Mrs. Jay.
Porque cuando pienso en todas las canciones que amo, él aparece.
Cuando pienso en determinados recuerdos, aparece.
Cuando pienso en quién podría tomar mi mano cuando tenga sesenta años, a veces también aparece.
Y eso me desconcierta.
Porque hace poco estaba convencida de que necesitaba conocer a alguien nuevo.
Quizá todavía ocurra.
Quizá aparezca un hombre guapísimo que cambie absolutamente todo.
La vida tiene esa mala costumbre de no pedir permiso antes de sorprenderte.
Pero también existe otra posibilidad.
Tal vez el hombre al que estoy buscando no sea completamente desconocido.
Tal vez mi próxima gran historia de amor sea con alguien que ya estuvo en la primera temporada.
Eso sí…
esta vez tendría que ser diferente.
No quiero volver porque extraño quién era.
Quiero volver solamente si quienes somos ahora todavía saben amarse.
Y quizá algún día Mrs. Jay y yo estaremos sentados juntos, mucho mayores, escuchando alguna de esas canciones que siempre fueron nuestras.
Tal vez yo me ría recordando la cantidad absurda de hombres, problemas y vueltas que hubo en medio.
Y quizá lo mire y piense:
al final eras tú.
No sé si pasará.
Pero hoy, cuando pienso en el amor que quiero vivir, ya no imagino solamente mariposas.
Imagino paz.
Deseo.
Complicidad.
Seguridad.
Una historia que no tenga que esconder lo que siente.
Quiero sentirme enamorada y tranquila al mismo tiempo.
Quiero un hombre que me guste mirar y también me guste tener al lado cuando no ocurre absolutamente nada.
Y sí.
Quiero envejecer amando.
Después de todo lo vivido, creo que me lo merezco.
Así que quizá mi verdadera venganza no sea encontrar a un hombre mejor.
Quizá tampoco sea hacer que nadie se arrepienta.
Quizá mi gran revancha sentimental sea muchísimo más elegante:
terminar casándome con el amor de mi vida y descubrir que, después de tantas vueltas, el amor fue lo único que realmente ganó.
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