Jamás estaré destruida, Jamás
Váyanse todos a la mierda.
Sí, así, sin miedo y sin adornos.
Váyanse a la mierda todos esos hijos de puta que alguna vez creyeron que podían destruirme.
Los que jugaron con mis sentimientos.
Los que confundieron amor con manipulación.
Los que me vieron vulnerable y pensaron que ahí era más fácil romperme.
Los que prometieron quedarse mientras ya estaban planeando irse.
Los que mintieron mirándome a los ojos.
Los que traicionaron y luego se hicieron las víctimas.
Y también váyanse a la mierda las falsas.
Las que sonríen de frente y desean verte destruida por detrás.
Las que creen que ocupar lugares ajenos las hace importantes.
Las que viven de la envidia, de la mala intención, de la sombra y del daño.
Qué equivocadas estaban.
Porque por ningún hombre voy a morir.
Por ninguno voy a perderme.
Por ninguno voy a volver a arrastrarme ni a olvidar quién soy.
Ya conocí el infierno una vez.
Ya fui esa mujer rota, la que lloró hasta no reconocerse, la que amó mal, la que se quedó donde no debía, la que se destruyó intentando salvar algo que ya estaba muerto.
Ya sentí la rabia que quema el pecho.
Ya conocí la humillación.
Ya toqué fondo.
Y aquí estoy.
De pie.
Más fuerte.
Más fría.
Más consciente.
Más mía.
Así que no, no caeré.
Ni por él.
Ni por nadie.
Porque hay mujeres que no nacieron para apagarse.
Hay mujeres de fuego.
De esas que tienen mil vidas.
De esas que cuando caen regresan más fuertes.
De esas que no se quiebran: se transforman.
De esas que no suplican, no persiguen y no compiten.
Solo observan.
Aprenden.
Y regresan.
Empezar a joderme no fue un juego.
Fue declararse el infierno en vida.
Porque yo no olvido.
Yo aprendo.
Y cuando regreso, ya no soy la misma.
Nadie será más que yo en mi propia historia.
Nadie ocupará mi lugar.
Nadie tocará lo mío creyendo que saldrá limpio.
Ni hombres cobardes.
Ni mujeres vacías.
Ni falsas sonrisas.
Ni mil brujerías.
Nadie.
Y cada vez que escucho “El loco de la calle” de , entiendo por qué esa canción se quedó conmigo.
Porque no habla solo de un loco caminando por la calle.
Habla de esa soledad que nadie ve.
De la rabia silenciosa.
De cargar el dolor mientras el mundo sigue normal.
De ser señalado por sentir demasiado, por amar demasiado, por romperse demasiado.
Habla de sobrevivir siendo distinto.
De seguir caminando aunque por dentro todo esté incendiado.
Esa canción siempre me sonó a eso: a alguien que ya no encaja, no porque esté perdido, sino porque ya vio demasiado. Porque después del dolor, una persona no vuelve siendo la misma.
Yo también fui esa loca.
La que amó mal.
La que ardió.
La que se rompió.
La que sintió que el mundo se le venía encima.
Pero también fui la que sobrevivió.
Y ahí está la diferencia.
Porque no pudieron conmigo.
No pudieron destruirme.
No pudieron apagarme.
No pudieron reemplazarme.
Solo me enseñaron.
Y esa fue su peor decisión.
Porque ahora ya no soy la misma.
Ahora soy fuego.
Así que mírenme bien.
Sigo aquí.
Y ningún imbécil, ninguna puta, ningún cobarde me verá caer.
Porque sobreviví a todo lo que pensaron que iba a destruirme.
Y ahora lo único que queda…
es verme brillar.
Váyanse a la mierda, hijos de puta.
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